La libertad de prensa se encuentra en medio de una crisis sin precedentes, aunque su forma
actual es muy diferente a la que conocíamos. Hoy en día, el silenciamiento rara vez se
manifiesta a través del cierre físico de un medio o del encarcelamiento de un periodista. La
censura se ha vuelto más sutil, más compleja, y por eso, más peligrosa. Se infiltra en los
algoritmos, en la economía de la atención y en las estructuras de poder que deciden qué
información merece ser vista y cuál se pierde en el ruido digital. Esta transformación
responde a tres dinámicas interconectadas: la persistencia de la violencia y el hostigamiento
judicial como herramientas de intimidación; la precariedad económica que lleva a los
profesionales a la autocensura; y la aparición de un control informativo automatizado,
ejercido por plataformas cuyo funcionamiento opaco redefine lo que entendemos por libertad
de expresión. El reto para el periodismo actual es, por lo tanto, desarrollar una conciencia
algorítmica: la habilidad de entender y cuestionar los mecanismos tecnológicos que influyen
en la visibilidad pública. Solo a través de una regulación democrática del poder digital y una
ética profesional adaptada a este nuevo contexto se podrá asegurar que el periodismo siga
siendo un espacio de verdad y resistencia frente al control invisible.



