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Reseña
ISSN: 1885-365X

La sociedad de la transparencia

Byung-Chul HAN
Herder, Barcelona, 2013, 96 pp. ISBN 978-84-25432-52-1
3 de febrero de 2014

Byung-Chul Han es un filósofo alemán de origen coreano al que muchos consideran un pensador ascendente, pues domina varios temas de interés social, sabe encuadrarlos en el discurso de la filosofía contemporánea que los explica y su escritura “engancha”. El retorcimiento del lenguaje para generar significados imprevistos, la mirada que busca entender un fenómeno dentro de un marco de cambio sociológico y el aparato crítico moderno y posmoderno (Rousseau, Kant, Nietzsche, Simmel, Benjamin, Baudrillard, Barthes, Agamben, Sennett, Žižek) son los principales recursos que Han emplea para explicarnos un fenómeno —el afán de transparencia— tan extendido como desconcertante.
“Ningún otro lema domina hoy tanto el discurso público como la transparencia”, afirma Han al comenzar el libro (p. 11). Ya sea como libertad de información, como exigencia en la gestión política, en la administración de empresas, en la regulación de los mercados o en las directrices de responsabilidad social, pareciera que hoy la transparencia es la clave para el buen funcionamiento de toda iniciativa humana. Pero es más que eso. Para Han, de hecho, la ubicua exigencia de transparencia indica un cambio de paradigma: de la sociedad de la negatividad a la sociedad positiva, que es como se manifiesta primeramente la sociedad de la transparencia.
Prima facie, resulta paradójico que la sociedad positiva se articule en torno a un montón de problemáticas negaciones: no a las lagunas de información (pero sin laguna de saber el pensamiento degenera en cálculo); no a la dialéctica (que se demora en lo negativo); no a la hermenéutica; no al sentimiento negativo, como el sufrimiento y el dolor (aunque sea lo que haga nacer y crecer el espíritu humano); no a la teoría, porque selecciona (aunque es imposible prescindir por completo de ella); no a la política, por estratégica y partidaria (cosa que también es imposible) y, en todo caso, sí a una política “despolitizada”, sin ideología, sólo con opiniones y administración de necesidades sociales que deja intacto lo ya existente (pp. 17-22).
Todo se hace transparente cuando se inserta sin resistencia en el torrente liso del capital, la comunicación y la información. Y, así, la acción “transparente” pasa a ser operación, sometida a procesos de cálculo, dirección y control. El tiempo resulta transparente cuando es la sucesión de un presente disponible, sin destino ni eventos. Las imágenes se vuelven transparentes cuando carecen de profundidad hermenéutica y sentido. Las cosas en general transparecen cuando se despojan de su singularidad y se expresan en precio. Y el mismo lenguaje se hace transparente como lengua formal, maquinal, operacional y sin ambivalencia (pp. 11-13). El inconveniente, claro está, es que más transparencia (lingüística) no equivale a más verdad, si acaso a más abundancia informativa. La verdad “es una negatividad en cuanto se pone e impone declarando falso todo lo otro” (p. 23) y, por eso, a menos verdad, más información, remata provocativamente Han.
En la sociedad positiva las cosas, convertidas en mercancía, han de exponerse para ser y desaparece así su valor cultual —el que tienen las cosas por existir— a favor del valor de exposición —el que tienen por ser vistas— (Benjamin) (pp. 25-26). La economía capitalista, señala Han, somete a un tipo especial de coacción, donde las cosas y el sujeto se miden por su valor de exposición. “El imperativo de la transparencia hace sospechoso todo lo que no se somete a la visibilidad. En eso consiste su violencia” (p. 31). Se renuncia a toda peculiaridad de las cosas y, así, lo esencial o invisible no existe porque no engendra ninguna atención. Lo cual, llevado al extremo, tiene consecuencias preocupantes para la vida humana, pues si el mundo se convierte en un espacio de exposición, el habitar que construye la identidad deja de ser posible.
La transparencia, prosigue Han, va unida a un vacío de sentido, pues el sentido requiere una comunicación menos rápida y más compleja que la información y las imágenes inequívocas, a las que falta toda ruptura que desataría una reflexión, una revisión, una meditación. Todo ello, concluye Han, tiene que ver con más negaciones que exige la sociedad de la transparencia cuando se manifiesta como sociedad de la exposición, a saber, no a la distancia, no a la contemplación, no a la mirada (aunque, lógicamente, sí al contacto), no a la cercanía (que es rica en espacio) y, en definitiva, sí a la uniformidad (pp. 32-33). “El sistema social”, insiste Han, “somete hoy todos sus procesos a una coacción de transparencia para hacerlos operacionales y acelerarlos” (p.12), incluida la vida personal. “La coacción de la transparencia nivela al hombre mismo hasta convertirlo en un elemento funcional de un sistema. Ahí está la violencia de la transparencia” (p. 14). El problema es que los rasgos que constituyen la vida en general —la espontaneidad, el acontecer, la libertad— no admiten ninguna transparencia. Ni siquiera es posible ni deseable la transparencia interpersonal, pues las relaciones humanas están vivas y son fértiles cuando detrás de toda revelación presiente y espera un ultimísimo (Simmel). A la imposición de la transparencia, de hecho, le falta la ternura que “no es sino el respeto a una alteridad que no puede eliminarse por completo”. De ahí que, como subraya Han con mucha lucidez, “ante el afán de transparencia que se está apoderando de la sociedad actual, sería necesario ejercitarse en la actitud de la distancia” (pp. 15-16).
La sociedad de la transparencia es, también, sociedad de la evidencia, que quita encanto a las cosas y las hace evidentes para introducirlas en procedimientos… al precio de intelectualizarlas. Por eso, insinúa Han, la coacción de la transparencia hace de la imaginación un excedente inútil. La imaginación, según Kant, juega con las cosas en un espacio donde nada está definido con firmeza ni delimitado con claridad y no es transparente para sí misma; la autotransparencia es más bien típica del entendimiento, que no “juega” sino que “trabaja” con ideas claras (pp. 35, 37). Frente a la obsesión de hacerlo todo transparente, Han reivindica la defensa nietzscheana de la apariencia, la máscara, el secreto, el enigma, el ardid y el juego. “Hay mucha bondad en la astucia”, dirá Nietzsche en Más allá del bien y del mal. “Todo espíritu profundo necesita una máscara” porque lo completamente otro, lo nuevo, sólo prospera detrás de una máscara que protege de lo igual (p. 41). Y, así, concluye Han, donde la transparencia se manifiesta como evidencia, se produce una extinción del eros, desaparece la habilidad de buscar lo otro, lo extraño, lo indisponible. Una idea que Han corrobora rescatando el pensamiento de Agustín, para quien ni siquiera la Sagrada Escritura es evidente, sino oscura y metafórica, pues la capa figurada erotiza la palabra, convirtiéndola en objeto de deseo (pp. 42-43).
La pérdida de esta capacidad erótica en el sujeto actual va unida a la presencia desmesurada de pornografía en la vida corriente, donde el cuerpo humano es reclamo para todo. La síntesis de teología, estética y semiótica que Han lleva a cabo para criticar este estado de cosas es muy brillante. La desnudez de la criatura, dirá, no es pornográfica, es sublime y apunta al ser del creador. En cambio, la desnudez pornográfica —sin misterio— es violenta porque hace parecer al cuerpo lo que no es —sólo carne—. El capitalismo agudiza la sociedad porno pues lo expone todo como mercancía hipervisible para maximizar su valor de exposición (pp. 46, 48, 51). Por eso, el problema de la sociedad porno va más allá de la exposición indiscriminada del cuerpo. Es obscena la transparencia que entrega todo a la mirada, dirá Han. En cierta manera, hoy todas las imágenes mediáticas son más o menos pornográficas pues, por complacientes, les falta toda interrupción y demora contemplativa. A lo sumo, son objeto de un “me gusta” sin pasión ni comprensión. Las imágenes pornográficas, en cambio, no necesitan interpretación ni contexto cultural, son puro espectáculo sin información (pp. 55, 57).
Este carácter no mediado de la imagen contemporánea habla bien del temple ahistórico de nuestras sociedades. “La sociedad de la transparencia elimina todos los rituales y ceremonias, en cuanto que estos no pueden hacerse operacionales, porque son un impedimento para la aceleración de los ciclos de información, la comunicación y la producción” (p. 60). En efecto, sólo puede acelerarse un proceso aditivo (como la operación de un procesador, sin final) pero no uno narrativo (como las procesiones, rituales y ceremonias, que tienen un sentido, un final y un tiempo propios). Por eso, señala Han, la sociedad de la transparencia se manifiesta en su relación con el tiempo como una sociedad de la aceleración, en tanto que la coacción de la transparencia destruye el aroma de las cosas y el aroma del tiempo, que transcurre sin dirección y se descompone en una mera sucesión de presentes atomizados. “Con ello, el tiempo se hace aditivo y queda vacío de toda narratividad” (p. 65).
Quizá la sociedad contemporánea haya renunciado a buscar un sentido objetivo a la historia, pero en modo alguno ha renunciado al afán de conocerlo todo, singularmente del individuo. Por eso, la sociedad de la transparencia es, también, una sociedad íntima. El mundo de hoy no es lugar de representación teatral de acciones y sentimientos sino de la exposición mercantil de intimidades para consumir. Pero la prensa del corazón o la incesante publicación de “estados” en las redes sociales no son inofensivos. Pues, de hecho, la coacción de exponer la intimidad rompe la sociabilidad, que pide cierta distancia entre personas. La sociedad íntima, señala Han, elimina signos rituales, ceremoniales —en los que uno se evadiría de sí mismo— y, al final, está poblada por narcisistas sujetos íntimos que se encuentran a sí mismos en todas partes (pp. 68, 70-71). Nuevamente, más información no incrementa el conocimiento, sólo lo banaliza y oscurece. Desde la antigüedad hasta la ilustración, el discurso filosófico y teológico ha empleado la metáfora de la luz, que brota de una fuente o un origen que obliga, promete o prohíbe (Dios o la razón) y, así, desarrolla una negatividad. Pero a la sociedad de la transparencia le falta esa tensión metafísica, pues no la ilumina la luz que brota de una fuente trascendente. Por eso, es sociedad de la información que, como tal, es un fenómeno de transparencia, porque le falta toda negatividad y, con ello, verdad. Un aumento de información y comunicación, de hecho, no inyecta ninguna luz ni esclarece por sí solo el mundo, sino que lo hace más intrincado (pp. 76-77, 79-80).
En la recta final del libro, Han propone dos causas que esclarecerían el fenómeno de la transparencia. Este tendría, en primer lugar, una causa histórica. El afán de transparencia nace en el siglo XVIII (el del teatro del mundo) como reacción ante la hipocresía y la apariencia: la expresión no ha de ser una pose, sino un reflejo del corazón transparente, que diría Rousseau, cuyo ideal era que el carácter fuera igual al comportamiento (pp. 81, 84-85). El problema es que la exhibición interconectada ha desembocado en una suerte de esclavitud obligatoria, de pérdida de libertad alegremente asumida y de mayor control por parte de todos. Por eso, la sociedad de la transparencia se manifiesta, en su vertiente más peligrosa, como sociedad del control y “la sociedad del control se consuma allí donde su sujeto se desnuda no por coacción externa, sino por la necesidad engendrada en sí mismo, es decir, allí donde el miedo de tener que renunciar a su esfera privada e íntima cede a la necesidad de exhibirse sin vergüenza” (pp. 89-90).
¿Por qué surge esta necesidad y exigencia de auto-exhibición? Para Han, la causa última es antropológica: a menos confianza, se impone una mayor vigilancia y se exige más transparencia. “La confianza sólo es posible en un estado medio entre saber y no saber. Confianza significa: a pesar del no saber en relación con el otro, construir una relación positiva con él. La confianza hace posibles acciones a pesar de la falta de saber”. Por eso, “donde domina la transparencia, no se da ningún espacio para la confianza… La sociedad de la transparencia es una sociedad de la desconfianza y de la sospecha, que, a causa de la desaparición de la confianza, se apoya en el control” (pp. 91-92). La coacción de la transparencia no es, al final, un imperativo moral, sino económico, pues cuando se esfuma la confianza en el otro, la convivencia sólo es posible si sabemos en todo momento las intenciones de los demás, si sus actos son trazables y si su vida, en definitiva, está expuesta a la mirada vigilante de todos.

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